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El incendio de 1936 / Saqueo e incendio de la Magistral
2001

Antonio y Miguel Marchamalo
En los años 30 del siglo XX iban a sufrir Alcalá y su iglesia Magistral, al unísono con toda España, la dura prueba de la contienda civil que duraría tres largos años.

El 19 de julio de 1936 la guarnición militar de Alcalá estaba formada por el Batallón de Zapadores nº 7, con unos 450 hombres, al mando del Teniente Coronel D. Mariano Monterde, y por el Batallón Ciclista, con 900 hombres al mando del también Teniente Coronel D. Gumersindo de Azcárate. Aquel día, al conocerse en la ciudad la sublevación del Ejército de África, se produjeron momentos de gran tensión en los cuarteles, al encontrarse la oficialidad dividida entre partidarios del alzamiento y los proclives al frente popular. Hubo algunos disparos, muriendo en los primeros momentos el Gobernador Militar de la Plaza, D. Mariano Monterde, y siendo también herido el Teniente Coronel Azcárate, por lo cual el mando recayó en el comandante más antiguo quien, optando por el alzamiento, decidió declarar la ley marcial, lo que llevó a cabo públicamente en la Plaza Mayor, hoy de Cervantes.

En la tarde de aquel día siguieron las escaramuzas en Alcalá y los sublevados instalaron ametralladoras en la torre de la Magistral, con las que dispararon sobre un avión del gobierno, que sobrevoló la ciudad arrojando octavillas y alguna que otra bomba sobre los cuarteles.

Al día siguiente, 20 de julio, parecía haber triunfado la sublevación, pero tras la mañana del 21, después de algunos bombardeos y una breve resistencia por parte de los sublevados, éstos se rindieron a una columna irregular venida de Madrid, siendo ocupada la población por aquella a primeras horas de la tarde.

A partir de aquel momento comenzó a sufrir el patrimonio artístico y cultural de Alcalá los avatares de la lucha civil y así, en aquella misma tarde de julio, fue destruida la imagen de Santa María de Jesús que presidía el retablo de la Parroquia de San Pedro en la Magistral. Era una talla gótica del siglo XV que según la tradición había sido mandada hacer por el Arzobispo Carrillo, siguiendo como modelo las contemplaciones místicas de San Diego de Alcalá, de cuyo convento fue titular. A raíz de la desamortización había sido llevada a la Iglesia de Jesuitas, en cuyo retablo mayor permaneció hasta julio de 1931, siendo en dicha fecha llevada a la Magistral.

El día 21 fue una jornada especialmente trágica para la historia de nuestra Magistral, ya que aquella tarde fue saqueada e incendiada, siendo profanados los restos de Cisneros, pues violentando la reja que permitía el acceso a la pequeña cripta construida bajo el sepulcro se sacó la arqueta que los contenía, esparciendo los huesos por el suelo y dejando la caja abierta junto a la palanqueta utilizada por los salteadores.

A consecuencia del calor del incendio se derrumbaron algunas bóvedas, una de la nave central cuyos restos cayeron sobre el mausoleo de Cisneros con los consiguientes daños al mismo.

El saqueo e incendio de la Magistral del día 21 de julio de 1936 fue la causa de la destrucción del templo y sus tesoros artísticos, siendo absolutamente incuestionable, tanto por el testimonio de personas que vivieron aquellos momentos, como por el catedrático Dr. D. José María Lacarra de Miguel, quien comisionado por la Junta de Incautación y Protección del Tesoso Artístico se personó en Alcalá a los pocos días de estos acontecimientos en agosto de 1936, constatando de primera impresión y de labios de testigos presenciales cómo habían sucedido los hechos. La propaganda republicana achacó la destrucción de la Magistral a un supuesto bombardeo nacionalista efectuado en 1937, fecha en la que el templo ya estaba destruido. El mismo Presidente de la República, el alcalaíno D. Manuel Azaña, estaba convencido de esa versión, como puede leerse en sus Memorias, por lo que no es extraño que algunos autores sigan haciendo referencia a dicho inexistente bombardeo, pues durante los tres años de guerra, según afirman todos los testigos presenciales, no cayó ni un solo proyectil -de ninguno de los contendientes- sobre la Iglesia Magistral.

También hubo otros preciados tesoros de la Magistral que sufrieron la violencia de aquellos días, como sucedió con la Custodia de las Santas Formas. Acabada la contienda corrió el rumor de que dicha custodia fue ocultada antes del saqueo por los canónigos D. Pedro García Izcaray, D. Eduardo Ardiaca y D. Pablo Herrero Zamorano, asesinados en los sucesos revolucionarios de aquellos momentos... Aparte de conjeturas sobre su posible paradero el hecho es que tan preciada reliquia desapareció en aquellos primeros días de contienda civil y hasta ahora no ha vuelto a ser hallada.

Siguiendo con la cronología de los hechos acaecidos en la Magistral durante los primeros días del conflicto, el 23 de julio se sacaron del templo las arcas con los restos de San Diego y de los Santos Niños para llevarlas al Ayuntamiento, donde fueron posteriormente descerrajadas a golpes de martillo. Por indicación del alcalde socialista D. Pedro Blas se llevaron al cementerio el 9 de agosto, donde permanecieron custodiadas hasta el 31 de julio de 1939. Pese a la vigilancia que se puso desaparecieron las dos figurillas de plata que el arca de los Santos Niños tenía en su parte superior, pero se logró el objetivo principal de salvar ambas reliquias de una segura destrucción.

Entre agosto y septiembre actuó la Comisión presidida por el aludido Dr. José María Lacarra de Miguel, que fue recuperando cuanto pudo del patrimonio alcalaíno y lo depositó en la iglesia de las Bernardas. El día 10 de septiembre, el propio Dr. Lacarra recogió los profanados restos de Cisneros y los llevó también al citado convento.

En aquel mes de julio también fue destruida la ermita del Val, desapareciendo la imagen primitiva, el arco de plata y el pedestal o cama, también de plata, que poseía la imagen y que era obra del platero alcalaíno, residente en Segovia, Juan Díaz. También fue robada la corona de oro que portaba la patrona alcalaína.

A lo largo del año 1937 siguió la ola de destrucciones, si bien no de forma tan virulenta como en el anterior. Desaparecieron así entrañables símbolos históricos, como la pila bautismal de Cervantes, y continuó el grave deterioro de los edificios religiosos de Alcalá, encabezados por la Magistral.

Por el informe que D. José María Lacarra de Miguel presentó el 14 de agosto de 1937 conocemos el estado que en 1937 presentaba la Magistral, con buena parte de sus bóvedas central y del Evangelio hundidas. También se constata que estaba el templo abierto y vivían en su interior varias familias, prodigándose por doquier el estado de suciedad y abandono. Ante este rápido proceso de degradación del edificio proponía el Dr. Lacarra el traslado urgente a Madrid o el depósito en el convento de Bernardas de todo aquello que aún conservase algún valor. Así se menciona expresamente el sepulcro de Carrillo y algún otro del siglo XVI. Este informe dio pie al traslado posterior de todas o casi todas estas piezas, yendo el sepulcro de Cisneros a Madrid -Museo Arqueológico Nacional- y salvándose así, junto a las cenizas del Cardenal, de una segura destrucción.

Con sus naves llenas de escombros, las bóvedas caídas, sin altares, cuadros ni imágenes, con la ausencia de los sepulcros de Cisneros y de Carrillo, desaparecidas las Santas Formas, sin San Diego ni los Santos Niños, que eran su pilar y fundamento, muerto o disperso su cabildo, éste era el triste espectáculo que ofrecía la Iglesia Magistral al fin de los tres años que duró la Guerra Civil española.



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