Me han preguntado mucho estos
días sobre cómo vivirá Benedicto XVI las traiciones de su entorno, esa
sensación de mareo en el Vaticano, la tremenda exposición del cuerpo de la
Iglesia en la feria de las vanidades en que se han convertido tantas veces los
medios. Sólo puedo mirar y escuchar al Papa, con eso me basta. Sé hasta qué
punto conoce las inmundicias, la ambición y el afán de poder que también hacen
presa en quienes formamos la
Iglesia. Y tampoco desconoce la envergadura nada despreciable
de los poderes mundanos que la amenazan desde fuera. Sé también con cuánta
frecuencia repasa la historia, maestra de la vida, para llegar a mirar con un poco
de ironía y un mucho de piedad las tremendas debilidades de los hombres. ¡Tan
grande es el hombre, y tan pequeño!, que diría genialmente Peguy.
¿Un esquife?, bueno... León Magno
se puso frente a Atila sin otras armas que sus ornamentos sacerdotales y detuvo
al bárbaro. Y Pío VI murió en Valence, preso de los revolucionarios franceses.
La fuerza y la debilidad de la Iglesia siempre entrelazadas, la frágil barca
tantas veces a punto de perder el equilibrio y volcar. Un joven Joseph
Ratzinger nos advertía en el lejano 1970 que "el hombre es un abismo" (¿qué
decir del "pobre" camarero que sacaba los papeles del apartamento papal?) pero
"la Iglesia no está sólo determinada por el abismo del hombre sino por el
abismo mayor, infinito, del amor de Dios". Y entonces los pronósticos de los
cínicos pueden fallar, seguramente fallarán.
Es cierto que para la
sensibilidad de este gran testigo, de este gran Padre de la Iglesia que es
Benedicto XVI, el dolor de verse circundado por ciertas miserias debe ser
especialmente agudo. Seguramente a eso se refería el Papa cuando hace pocos
días hablaba a los cardenales de las tormentas de su vida; tormentas por las
que, a la postre, encontraba también motivo para agradecer al Dueño de la viña. Qué cierto resulta
aquello que Jesús le anunciara a Pedro tras la resurrección, para que no se hiciera
vanas ilusiones: "cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a donde no
quieres". Sí, a donde no quieres. Y sin embargo...
La homilía de Pentecostés ha sido
el gesto de gobierno, el testimonio paterno, la palabra de la verdad que el
Papa quería dar a la Iglesia y al mundo en esta hora amarga. Sin forzar el
gesto, con esa mesura que casi desarma, con la luminosidad tan suya que
convierte un razonamiento en una sinfonía, con los ojos, eso sí, algo más
hundidos que otras veces. "Asistimos a eventos cotidianos en los cuales nos
parece que los hombres se hacen más agresivos y malhumorados, comprenderse
parece demasiado difícil y se prefiere permanecer en el propio yo, en los
propios intereses... En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir
esa unidad de la que estamos tan necesitados?". Y Benedicto XVI remacha que
cuando los hombres tratan de usurpar el lugar de Dios corren el peligro de no
ser ya ni siquiera hombres, porque pierden la capacidad de ponerse de acuerdo,
de entenderse y trabajar juntos. Esto puede pasar en cualquiera de nuestros
ámbitos y también, claro está, en el Vaticano.