Esther Sáez, víctima del 11-M
"Dios estaba ahí, conmigo"
Uno llega a la estación de Atocha desde Alcalá de Henares, en uno de aquellos que llamaron los trenes de la muerte del
11-M, y se detiene en uno de esos puestos de venta de libros para
viajeros con prisas. Allí, entre multitud de títulos en los que se abre
paso la superchería de la nueva era, destaca uno con un nombre
llamativo: Dios no es bueno. Y claro, cuando uno viene de
hablar con Esther Sáez, que viajaba en uno de aquellos trenes, no se lo
cree. Casada y madre de dos chicos, David e Ismael, que en el momento
del 11-M tenían 3 años y un año y medio, recuerda cómo vivió el
atentado:
«En ese momento, mi concepción de la vida cambió. Fue cuando realmente
me di cuenta de que la vida es perecedera. Uno siempre piensa: A mí nunca me va a pasar.
Ese contacto con la realidad es muy duro, pero, sin saber por qué, en
ese momento, no me sentía sola. No perdí la conciencia en ningún
momento, y a pesar de todos los dolores tan horribles que sentía, por
fuera y por dentro, en ese momento tuve una paz muy distinta a lo que
había vivido antes. Esa tranquilidad y esa serenidad mucha gente no las
entiende. Las da absolutamente Dios, la confianza en Dios. No brota de
ti, de decir simplemente: Voy a confiar en Dios. Viene de Él mismo, del descanso en sus manos que Él mismo produce: Cuando tú lo pasas mal, Yo te llevo en brazos».
Por eso, cuando el terremoto de Haití ha vuelto a despertar la pregunta
sobre Dios -sobre su existencia y sobre su bondad-, Esther explica,
basándose en su propia experiencia: «Muchos, con lo de Haití, se
preguntan: ¿Dónde está Dios en estos momentos? ¿No era tan bueno?
No saben lo que están diciendo. Los eruditos de hoy en día son los que
piensan que se puede construir la vida sin Dios. Me han dicho que en
Haití han sacado gente de los escombros e inmediatamente se han puesto
a rezar: ellos son los sabios de verdad. Cuando uno lo pasa mal, Dios
es el único que está. Yo, cuando estaba en la Unidad de Críticos, no me
podía mover, estaba sorda, sin apenas ver, con un respirador para poder
respirar..., me sentía sola. Pero es una soledad que sólo en ella eres
capaz de ver a Dios cara a cara. ¿Dónde estaba Dios? Dios estaba ahí,
conmigo».
¿Y cómo conjugar entonces la bondad de Dios con la maldad de los
hombres? Esther cuenta lo que hace cuando piensa en los terroristas que
llevaron a cabo los atentados del 11-M: «Rezo el Padrenuestro,
porque resume el amor a los hermanos, amigos y no tan amigos. No tengo
rencor. Me pregunto qué tipo de vida han llevado para acabar haciendo
eso. No debemos juzgar, porque no sabemos cómo han vivido. Seguramente
han crecido con mucho odio alrededor, con mensajes contra la vida de
los demás, gente que seguramente está vacía. A mí me han destrozado la
vida, pero tengo una Vida aparte. ¿Y ellos?»
Esther hace un ejercicio de teodicea práctica, basada en la
experiencia, al afirmar que «muchas desgracias son producto del hombre;
es muy fácil echarle la culpa a Dios. El terremoto de Haití, si hubiera
pasado en Japón, no habría causado tantas víctimas. No es culpa de Dios
que esa gente haya vivido en las condiciones en las que viven. Con el
atentado del 11-M pasa lo mismo: ¿es que fue Dios el que puso la bomba?
El regalo más hermoso que nos ha dado Dios, aparte de la vida, es la
libertad».
Aunque viéndola nadie lo diría, por la paz que vive y que transmite al
hablar, las secuelas del atentado persisten. Son ya once operaciones
las que lleva encima, y también vive momentos de dolor y de noches
oscuras: «Suelo tener un salmo marcado en la Biblia, que rezo cuando
estoy en las horas un poco más bajas. Es el salmo 121, que dice: El auxilio me viene del Señor.
Porque no es fácil tener, a los 38 años, los mismos dolores que una
persona de 80. Tengo un rosario tan grande de secuelas... Son momentos
duros, que vivo desde la perspectiva de Dios. No hay que tener miedo de
decirle a Cristo: Mira, Señor, estoy mal, estoy triste. O me ayudas, o me hundo.
Y cuando tú hablas al Señor así, desde el corazón, Él te ayuda. Además,
alguien me enseñó una vez que la oración de los enfermos tiene mucho
valor. Y eso me ayuda a pensar que a alguien le está ayudando lo que yo
paso».
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